Dicen que los grandes creadores necesitan sufrir. Que el dolor es el combustible de la brillantez. Que si tu infancia fue feliz, probablemente tu arte será mediocre. Según esta idea, los artistas serían todos niños traumatizados y tristes, andando con la mirada perdida mientras escriben obras maestras en sus cuadernos. Suena poético, ¿no? También un poco dramático, y francamente, poco realista.
La realidad es otra. El sufrimiento no garantiza talento. Puede bloquear, distraer y hacer que pases más tiempo llorando que creando. Muchos grandes artistas tuvieron infancias relativamente normales. Crecieron con apoyo, educación y espacio para practicar. Eso también funciona muy bien para crear. Yo creo que la creatividad depende más de la curiosidad, la disciplina y de tener tiempo para pensar y trabajar. Y, sorpresa, la tranquilidad ayuda. No es tan romántico como un culebrón, pero sí más efectivo.
Así que, entre una infancia traumática y una feliz, yo elijo la segunda. Es más segura, menos deprimente y, sobre todo, te deja energía para crear sin necesidad de un drama . Porque, al final, se puede ser genial y tener una infancia feliz… aunque eso no venda tantos libros ni inspire tantas canciones tristes.