Aceptaría el dinero solo después de hablar con mi amiga, y sí, se lo contaría. Para mí ese es el punto de partida inevitable, porque aunque yo no di nombres ni detalles identificables cuando se lo conté a ese chico, la historia no nació de mí ni de una observación externa, sino de una confesión muy íntima, hecha en un momento de duelo reciente. Eso coloca la situación en un terreno ético, no solo práctico. Cuando ese chico reaparece un año después y dice que ha escrito un guion basado en lo que le conté, mi primera reacción no sería pensar en el dinero, sino en el riesgo de que esa historia, aunque ficcionada, pueda ser reconocible o, como mínimo, reabra una herida que mi amiga aún puede tener abierta. Por eso, antes de aceptar nada, hablaría con ella con honestidad total: le explicaría cómo salió la historia, qué uso se le ha dado, que hay una plataforma interesada y que a mí me ofrecen una parte del dinero. Asumiría que puede enfadarse, sentirse expuesta o traicionada, y aceptaría esas consecuencias.
Si mi amiga me dijera claramente que no quiere que yo participe de ningún beneficio económico, o que le resulta insoportable que alguien gane dinero con algo que destruyó a su familia, entonces no aceptaría el dinero. Aunque legalmente pudiera hacerlo, no me parecería justo ni sostenible a nivel personal. No podría justificarlo como un simple malentendido o como “ya está hecho”. Si, en cambio, ella entendiera que la historia ha pasado por un proceso de transformación, que ya no es un retrato literal sino una ficción inspirada en hechos reales, y no se sintiera dañada por ello, entonces sí aceptaría el dinero. Aun así, intentaría que parte de ese dinero la beneficiara directa o indirectamente, porque el origen emocional del relato es suyo. No se trata de repartir culpas ni méritos, sino de reconocer de dónde viene todo.
En resumen, aceptar o no el dinero dependería completamente de esa conversación. Lo que tengo claro es que no podría aceptarlo a escondidas ni seguir adelante sin contarle nada. Ganar dinero a costa del dolor ajeno, especialmente de alguien cercano, tiene un coste personal demasiado alto si no se hace con transparencia y consentimiento.
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