A veces me sorprendo al ver la facilidad con la que la política se interpone a amistades, a una comida con amigos o incluso a la educación que damos a nuestros hijos.
Que dos familias tengan ideologías políticas distintas y mantengan una relación de amistad, no debería ser un problema. Sin embargo, me impactó mucho escuchar al hijo de mi amigo desear la muerte a una figura política. Fue una frase que le salió con total naturalidad, cargada de odio. Y lo que más me desconcertó fue ver como su padre, mi amigo, no hizo absolutamente nada al respecto.
Personalmente, creo que la política no debería condicionar una amistad ni monopolizar todo. Hay valores mucho más importantes como la lealtad y la capacidad para convivir con perspectivas diferentes.
En aquella comida entendí que la falta de límites y educación iba mucho más allá que la política. Me preocupan seriamente los comentarios que cruzan ciertos límites: descalificaciones, burlas y tonos agresivos. Si alguien es incapaz de aceptar una idea opuesta sin sentirse amenazado, por muy convencido que esté de lo que piensa, algo importante está fallando. En esos casos, el problema no es la ideología, sino la carencia del respeto mutuo.
Ante una situación así, intentaría poner límites con serenidad. Marcaría distancia e intentaría dejar clara mi opinión para que algo así no vuelva a ocurrir y podamos superar ese bache en la relación. Diría algo como: “La política no debería condicionar nuestra amistad, pero comentarios así marcan un antes y un después. Esto ya no va de conservadores o progresistas, va de educación y de respeto. Si no eres capaz de frenar un mensaje tóxico de tu propio hijo, quizá el problema no sea la política sino tus propios valores”.
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