domingo, 23 de noviembre de 2025

Grafiti

 Los grafitis son algo que nunca dejaremos de ver en las ciudades, y podrían considerarse obras de arte hasta cierto punto. Pero cuando el arte supone una violación a la ley de transforma en vandalismo. Los grafitis requieren tiempo y habilidad como todo tipo de arte, pero al hacerlo en propiedad privada supone un gasto a los que viven en la comunidad y eso es lo que no está bien.

Al final, el problema no es el arte en sí, sino el lugar donde se decide plasmarlo. Muchos artistas de grafitis tienen un gran talento, capaz de convertir una pared vacía en una obra de arte. Sin embargo, cuando esa pared pertenece a alguien que no dio permiso, el acto deja de ser una expresión artística y se convierte en una carga para otros. Y como consecuencia, la comunidad termina pagando por la limpieza y por la pintura, pues gastar 2500 euros gracias a un grafiti no es cualquier cosa. Ahí es donde se rompe el límite entre la creatividad y la falta de respeto.

Esto no significa que el grafiti no pueda tener un espacio en donde sí pueda realizarse. Existen muros autorizados, proyectos urbanos y espacios donde este tipo de arte no solo es bienvenido, sino que fortalece la identidad del lugar. Otra solución puede ser en que la comunidad se organice para invertir en cámaras de seguridad o en productos antigrafiti de esos con los que puedes lavar los grafitis con agua a presión, de modo que no haya que gastar en reparaciones constantemente. Lo que hace falta es más conciencia por parte de los grafiteros, además de entender que el arte también implica responsabilidad. Crear no debería significar perjudicar a otros, y cuando se encuentran los espacios adecuados, el grafiti puede ser una expresión cultural poderosa sin necesidad de caer en el vandalismo.

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