La tentaciones guían tu comportamiento desde que naces, el deseo por ciertas cosas “inapropiadas” va desarrollándose a medida que uno crece y va conociéndose a sí mismo. Asimismo, creo que el hecho de sentirnos atraídos por ciertas tentaciones es innato, nos acompaña desde el útero hasta el sepulcro, pero es muy importante diferir y comprender que tener tentaciones no te garantiza saber manejarlas, saber controlar los impulsos que te llevan a ellas.
En mí caso, me aterran las tentaciones, no el efecto efímeramente placentero que te brindan por un tiempo, para nada, si no lo que viene después, el enemigo que más temo: el arrepentimiento. Tampoco es por que me arrepienta de muchas cosas en mi vida, en realidad me da miedo que me pase justamente eso. Es por eso que me he pasado la vida como si fuera el espectador de una serie que tiene control sobre los personajes y quiere que salga todo perfecto, sencillamente por no arrepentirme y culpabilizar a la Eunate de aquel momento. Me cohibo a mí misma constantemente, no quiero cagarla por nada del mundo y me mantengo al margen; ahora he olvidado lo que se siente al desear una tentación, y no hablo de cosas superficiales como los dulces o la vagancia (que no dejan de ser tentaciones); hablo de tentaciones cuyos respectivos arrepentimientos pudieran tener impacto en mi vida a mayor escala.
Tiendo a inhibirme a mi misma, no quiero violar mi paz mental, la que tanto he protegido y tanto miedo me da perder. Al fin y al cabo, siempre he sido la cabra que tira para el monte y la comodidad no asusta, pero sí lo hace el rechazo, la desilusión y el arrepentimiento. Y a mí salirme de mí misma me mata, creo que la persona que llevo dentro no podría soportarlo.
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