si te llega esta carta, ya estaré muerto. Me han dado papel y lápiz y lo primero que he pensado ha sido en ti. No sé si sabré decir lo que siento, pero necesito intentarlo para no irme con las palabras atragantadas.
No te voy a mentir: tengo miedo. Sería injusto decir lo contrario. Pero junto al miedo hay una calma extraña, como si todo pesara menos. He pensado mucho en mi vida y no encuentro nada de lo que avergonzarme. Fui como supe ser, con mis errores y mis pocas luces, y eso me da algo de consuelo ahora.
No guardo odio a nadie. La guerra nos ha vuelto duros y ciegos a todos. Ojalá algún día termine esta locura y nadie tenga que escribir cartas como esta. Yo me voy, pero otros vendrán detrás, y espero que vivan en un país donde no se mate por pensar distinto.
Pienso en ti continuamente: en tus manos cansadas, en tu voz llamándome para comer, en las noches en que te quedabas despierta hasta que yo volvía. Si he tenido fuerza en este último tramo es por ti. Todo lo bueno que haya en mí lo aprendí en casa.
Perdóname por las penas que te he dado. Sé que sufriste por mis decisiones y que muchas veces callaste para no hacerme daño. No quise ponerte en peligro ni causarte dolor. Si me equivoqué, que el error quede conmigo.
Cuando ya no esté, no vivas sólo de recuerdos. Vive, madre, todo lo que puedas. Habla de mí si te nace y guarda silencio si es lo que te calma. Ninguna de las dos cosas me ofende. Yo estaré contigo de otra manera.
Cuida de los nuestros y de ti. No te olvides de comer, de descansar, de salir al sol. Y cuando mires al cielo alguna tarde, piensa que en algún lugar estoy tranquilo, sin frío ni miedo.
Me voy pensando en ti, como cuando era niño y cerraba los ojos sabiendo que estabas cerca. Gracias por la vida y por el amor, que nadie me podrá quitar.
Tu hijo Pablo,
que te quiere hasta el final.
No hay comentarios:
Publicar un comentario