No acepto el dinero, al menos no así, no sin antes enfrentar lo que significa. Porque aunque no fui yo quien vivió la historia, ni quien la protagonizó, fui el eslabón que la sacó del lugar seguro de una confidencia. Aquella noche no hablé por maldad ni por ambición; hablé por torpeza, por impacto, por la necesidad de casi física de soltar algo que me estaba pesando demasiado. Pero eso no me absuelve.
Cuando él me llama un año después y me dice que ha convertido aquella historia en un guion, siento primero vértigo, luego culpa, y finalmente una tristeza muy concreta; la de haber traicionado algo sagrado sin haberlo querido. Que haya dinero de por medio no lo hace mejor; al contrario, lo vuelve obsceno. No es mi dolor el que se está monetizando, y aceptar una parte sería legitimar que aquella confesión tenía dueña compartida. No lo tenía. Nunca lo tuvo.
Por ello, sí, se lo cuento a mi amiga. No porque crea que vaya a entenderlo, ni porque espere su perdón, sino porque es la única manera de devolverle algo de la dignidad que le quité sin saberlo. Se lo cuento con miedo, sabiendo que quizá pierda su amistad para siempre, pero aceptando que hay silencios que solo sirven para proteger al que calla. Y yo ya me protegí bastante aquella noche.
No sé qué hará ella con esa información. No sé si me odiará. Lo único que sé es que no quiero convertirme en alguien que se beneficia de la desgracia ajena ni en alguien que confunde una historia personal con un simple cotilleo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario