Mamá,
cuando leas estas líneas, yo ya no estaré contigo. Me cuesta imaginarte leyendo esta carta, pero necesito que sepas lo que llevo dentro antes de irme.
Puede que te preguntes por qué tomé este camino, por qué no elegí quedarme a salvo. Ojalá pudiera explicártelo mirándote a los ojos. Nunca he sabido aceptar las cosas injustas como si fueran normales. Tú misma me enseñaste a no callar cuando algo estaba mal, a no vivir con miedo ni resignación.
He luchado por lo que creía correcto, no por odio, sino por esperanza. No quería un mundo en el que la gente tuviera que bajar la cabeza para sobrevivir. Si mi destino ha sido este, al menos me voy sabiendo que no traicioné mis ideas ni lo que me enseñaste. No quiero que mi recuerdo sea solo tristeza. Prefiero que pienses en mí como alguien que intentó hacer lo que creía justo. Me voy en paz, con la sensación de haber vivido de acuerdo con mis valores, aunque el precio haya sido demasiado alto.
Te quiero más de lo que puedo escribir. Me duele dejarte sola, dejar nuestra casa, nuestras conversaciones, los pequeños momentos que ahora entiendo que eran lo más importante. Pero quiero que sigas adelante. No permitas que el rencor ocupe tu corazón. La vida es demasiado grande para dejarla en manos del odio. Guarda lo que fuimos, lo que soñamos y lo que defendimos. Cuéntalo algún día, para que nadie olvide lo que pasó y para que otros aprendan a pensar por sí mismos.
Gracias por todo, mamá.
Siempre seré tu hijo.
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