Madre querida,
Si estás leyendo esto es que ya no estoy. No tengas miedo de llorar, pero no dejes que el odio se te quede dentro, por favor.
Te escribo esta carta desde el cuartel de Henao en Bilbao. Se que queda poco para que ordenen mi ejecución, el ambiente aquí es cruel y frío, pero quiero que sepas que estoy orgulloso del camino recorrido.
No he sido valiente como cuentan algunos. Tenía miedo, mucho, todo el rato. Pero al final lo que más me pesaba no era la muerte, era pensar en ti sola, en los días que no voy a poder pasar contigo, en las cosas pequeñas que ya no podremos hacer nunca más: escuchar música en los desayunos, discutir por tonterías, chismosear juntos...
Cuida de mi padre, abrázalo mucho por mí. Dile que para su hijo siempre ha sido un referente y que lo quiere muchísimo.
No guardes rencor, madre. Ni al que apretó el gatillo ni a los que miraron para otro lado. La situación en el frente es demasiado complicada, y hasta que no lo vives no te das cuenta de ello.
Te quiero con toda el alma, y te voy a querer igual cuando me haya ido de este mundo.
Cuídate mucho. Y cuando pases por el puente viejo, acuérdate de cuando me esperabas con el bocadillo al salir de la escuela y me reñías porque llegaba tarde.
Acordaros siempre de vuestro hijo, y recordadme con alegría. Hacedlo por mí.
Tu hijo que no te olvidará nunca,
Alfonso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario