Madre, te escribo esta carta con papel prestado de una de mis compañeras y con un boli que intercambié hace dos días por mi ración de desayuno. Cuando estés leyendo esto ya estaré muerta. Los malditos fascistas me habrán fusilado. No sufras por mi, muero con la consciencia tranquila de que lo estoy haciendo por defender todo lo que mi padre y tú me habéis enseñado.
No quiero que te hundas después de esto, recuerda todo lo que he sido y siéntete orgullosa de la hija que tienes, porque yo no puedo estar más agradecida de la madre que he tenido.
Dile a mi padre que cuente mi historia de la misma forma que me ha contado él a mi todas esas miles batallas. Que la cuente con orgullo, y que la recuerde con amor en lugar de con tristeza. Apoyaros entre vosotros, como siempre habéis hecho.
Dile a mis hermanos que haber aprendido de ellos cada día ha sido una de las mejores cosas que me han pasado. A Garazi que la he admirado siempre y a Imanol que aunque no siempre se lo demuestre, que le quiero.
Ya lo saben, pero recuérdale también a mis amigas que han sido las responsables de los mejores momentos de mi vida. Que me han inspirado y animado a ser quien realmente soy. Diles que cada noche miro a las estrellas, y por un momento, es como si estuviera al lado de ellas hablando de nuestros sueños y miedos en aquellas noches de primavera.
Por último madre, antes de despedirme para siempre, como última voluntad quiero que en mi memoria, os juntéis todos aquellos que alguna vez he querido. Quiero que juntos, mientras me recordáis, subáis a un monte. Uno de la costa. Cuando estéis ahí, entre el verde y el azul, os quedéis en silencio escuchando el sonido de las olas. Ahí me tendréis a mi.
Te quiere,
tu hija pequeña.
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