Querida ama:
Cuando esta carta esté en tus manos ya me habrán ejecutado, por ello quiero que leas esto y que seas fuerte. Me llevas cuidando desde siempre y no tengo palabras para agradecerte todo lo que has hecho por mí. Todos los momentos que hemos pasado juntas han sido increíbles y me cuesta mucho pensar en que esos momentos no se van a volver a repetir.
No tengas miedo por mí. He pasado toda la noche pensando en nuestra casa, en las navidades con la familia, en las tardes llenas de juegos de mesa y en tu voz cuando me llamabas a cenar. Esos recuerdos me han acompañado hasta el final y sea donde sea que esté, cuando me recordéis estaré con vosotros. Me voy pensando en ti y en lo que fui antes de la guerra. Ojalá nada de esto hubiera pasado y pudiera volver a verte.
No llores creyendo que morí sin sentido. La guerra nos ha puesto en un camino que no hemos elegido y el destino no podemos cambiarlo, por favor, no dejes que mi ausencia te apague. Estaré cuidando desde el cielo de ti, para que nada te impida ser feliz y que nada te haga daño. Gracias a ti he aprendido todo lo que sé y me has convertido en una gran persona, la valentía que tengo viene de ti y gracias a ella me voy tranquila, orgullosa y satisfecha de mi camino en la vida.
Te queda un gran camino por delante, lleno de cosas buenas y aunque yo falte estaré pendiente de que no te ocurra nada malo. Aquí, en estas horas de espera, he entendido que eso fue lo más importante y lo más valioso que tuve. La guerra ha quitado muchas cosas, pero los recuerdos no, y eso es lo que me mantiene en pie.
Desearía poder volver a darte un abrazo, un beso, volver a escuchar tu voz. Si alguna vez piensas en mí hazlo sin tristeza. Imagíname en paz. Nada ni nadie podrá igualar esa sensación de estar en un lugar seguro al estar contigo, cuando me vaya me sentiré otra vez como me sentía antes, porque estaré en tu corazón.
Te quiero más de lo que estas palabras pueden decir.
Tu hija,
Martina.
No hay comentarios:
Publicar un comentario