Ama, si esta carta llega a tus manos será porque yo ya no estoy. No sé muy bien cómo empezar ni qué decir, porque nunca me había imaginado tener que escribir esta carta, pero necesito decirte algunas cosas.
No quiero que pienses que me voy convencido de todo. He luchado porque creía que era lo correcto, porque no quería que en casa viviéramos con miedo ni que nos mandaran los mismos de siempre. Aun así, te confieso que tengo dudas. He visto demasiado odio y demasiada muerte, y ya no sé si así se arregla nada.
Lo único de lo que estoy seguro es de que no me arrepiento de haber intentado hacer lo que creía justo. No he querido mirar a otro lado mientras otros decidían por nosotros. Si me ha tocado pagar este precio, que al menos sirva para que tú sepas que actué según lo que me enseñaste.
Me duele dejarte sola. Me preocupa cómo pasarás los años que quedan, porque sé que no serán fáciles. Cuida de los nuestros como siempre has hecho y apóyate en quien te apoye y te ayude en lo que necesites. No dejes que la pena de destruya, sigue luchando por lo que siempre hemos creído y sabido que es lo justo y no dejes que mi muerte sea en vano.
Si alguna vez habláis de mí, no quiero que lo hagáis con pena. Recuérdame como era antes de la guerra, con una vida tranquila.
Gracias por todo, madre. Por tu trabajo, por tu paciencia y por tu cariño. Eso me ha dado fuerzas hasta el final.
Tu hijo, que te quiere.
No hay comentarios:
Publicar un comentario