Ante un comentario así, lo primero que intentaría sería bajar la tensión y no confrontar en el momento. No creo que una discusión acalorada delante de más gente, y menos de mis hijos, fuera positiva. Aun así, después hablaría con ellos, porque no me gustaría que normalizasen ese tipo de mensajes.
Esta situación me hace pensar en si es posible mantener amistades con ideologías muy distintas. En general, creo que sí. De hecho, rodearse solo de personas que piensan igual suele llevar a posturas cada vez más radicales. Tener amigos que cuestionen tus ideas y te ayuden a ver otros puntos de vista puede ser muy enriquecedor, siempre que exista respeto.
El problema aparece cuando las diferencias dejan de ser políticas y pasan a ser una cuestión de principios. No es lo mismo discrepar sobre presupuestos o modelos de gestión que bromear con la violencia o desear la muerte de alguien. Comentarios así no deberían tomarse a la ligera, aunque se digan en tono de broma.
Lo que más me desconcertó en aquella situación no fue tanto el comentario del hijo de mi amigo, alguien joven que aún está formando su criterio, sino la reacción de su padre. Ver a una persona sensata reírle la gracia me produjo decepción y preocupación. En ese momento entendí que el problema no era la política, sino la normalización de un discurso dañino y la falta de límites.
Aunque me costaría contenerme, intentaría responder con calma y firmeza. Marcaría claramente que desear la muerte a alguien no es un chiste y que ese tipo de mensajes tienen consecuencias. Al final, no se trata de ideologías, sino de valores básicos y de la responsabilidad de mantener un clima de respeto si queremos conservar una amistad.
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