Si yo tuviera que acabar esta historia, creo que lo haría desde la calma y la cercanía, porque cuando quieres a alguien lo mejor que puedes hacer es decirle la verdad sin herir. En una situación así, donde un comentario tan fuerte sale de la boca del hijo de un amigo, creo que lo primero sería respirar hondo y no reaccionar impulsivamente. Me acercaría al chico con la misma naturalidad con la que hablaría normalmente y le preguntaría qué le hace pensar algo así. No para juzgarle, sino para comprender qué hay detrás de una frase tan fuerte. Muchas veces los jóvenes repiten discursos que escuchan sin pensar en lo que realmente dice, y es importante abrir ese espacio para que se expliquen y también para que piensen.
Una vez entendiera un poco mejor su postura, le haría ver que desear la muerte de alguien no es una opinión política ni un simple comentario, sino algo que cruza límites y que no se puede normalizar. Le explicaría que las ideologías pueden ser diferentes, pero que los derechos de las personas son los mismos para todos, y que la violencia nunca es la solución. Cada persona tiene unos derechos que deben ser respetados, incluso cuando no se comparte la forma de pensar.
Después, hablaría con mi amigo, el padre del chico. Le diría que me preocupa lo que ha dicho su hijo y que me llama la atención que no se le hayan puesto límites claros respecto a ese tipo de ideas y sobre todo que en vez de decirle algo simplemente se lo ha tomado a broma cuando en verdad no lo es. Desear la muerte a alguien no es algo que se deba tomar a cachondeo.
Tras esa conversación, probablemente me despediría y me iría a casa. Creo que esta experiencia dejaría una reflexión importante: la ideología política jamás debería condicionar una amistad. Puedes tener diferentes ideologías políticas incluso contrarias pero esto no rompe amistades sino la faltas de respeto. Al final, lo que nos define no es el partido al que votamos, sino cómo tratamos a las personas que pensamos distinto. La violencia, aunque sea verbal, nunca es la solución y normalizarla solo crea más distancia y más odio.
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