La cena transcurría entre risas y anécdotas de la escuela de los niños. Hacía tiempo que no nos juntábamos, quizá porque últimamente las cosas con Marcos se habían vuelto tensas. Durante años habíamos sido capaces de hablar de política sin gritarnos, sin descalificarnos, incluso disfrutábamos debatiendo. Pero desde que él empezó a radicalizarse, todo cambió: un simple comentario podía encenderlo. Por eso ambos habíamos evitado el tema desde entonces.
Pero esa noche, sin querer, la conversación derivó hacia la situación política del país. Yo sentí un nudo en el estómago. Antes de que ninguno de nosotros pudiera reaccionar, el hijo mayor de Marcos, con la naturalidad de quien repite algo escuchado, soltó:
—Al presidente habría que matarlo.
El silencio cayó sobre la mesa como una losa. Marcos abrió los ojos, sorprendido, quizás dándose cuenta de que sus palabras recientes habían encontrado eco en su hijo. Yo respiré hondo; pude sentir el temblor en mis manos. No respondí desde la rabia, sino desde algo más profundo.
—No, eso no está bien —dije suavemente—. Podemos estar en desacuerdo, incluso muy molestos por lo que pasa. Pero la violencia… la violencia nunca es la solución.
El niño bajó la mirada. Marcos me sostuvo la mía unos segundos. Vi en sus ojos vergüenza, cansancio y quizá una chispa de reconocimiento. La conversación cambió de rumbo y seguimos la noche, pero algo había quedado ahí, latiendo entre nosotros.
Esa noche entendí que nuestras palabras pueden abrir puertas o encender fuegos. Las diferencias políticas no justifican el odio ni la violencia, y menos cuando hay niños escuchando. Podemos pensar distinto, pero si perdemos el respeto, lo perdemos todo. La violencia nunca es la solución; el diálogo, incluso cuando cuesta, es la única forma de avanzar.
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