Si miro atrás, me quedo con lo que no cabía en el horario: las risas en los pasillos, las conversaciones que empezaban como tonterías y acababan siendo importantes, los profesores que dejaron huella sin darse cuenta y los compañeros que se volvieron imprescindibles. También con los pequeños logros: ese examen que parecía imposible, ese trabajo que salió mejor de lo esperado, ese día en el que sentiste que encajabas.
¿Borrar? Quizá no borraría nada del todo. Hay momentos incómodos, errores, inseguridades, días en los que uno no estuvo a la altura. Pero incluso esos recuerdos, aunque duelan un poco al pensarlos, son los que más enseñan. Si acaso, borraría la dureza con la que a veces nos juzgamos a nosotros mismos.
La conclusión más clara es que hemos cambiado más de lo que creemos. No solo en conocimientos, sino en forma de pensar, de relacionarnos, de enfrentarnos a lo que viene. Hemos aprendido que equivocarse no es el final, que pedir ayuda no te hace débil y que el tiempo pasa más rápido de lo que parece.
Nos vamos con dudas, sí, pero también con herramientas. Y sobre todo, con historias compartidas que, dentro de unos años, probablemente recordaremos con una sonrisa.
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