El tema de las tentaciones es complicado porque todos nos hacemos los fuertes, pero la verdad es que cada uno tiene lo suyo. No es que seamos débiles, es que somos humanos y resistirse cansa, porque lo que te apetece siempre es lo más fácil y rápido. Yo tengo días de todo: a veces paso de todo y otras caigo por cualquier tontería. Si tengo que confesar algo, mi perdición es el chocolate por la noche o quedarme con el móvil hasta las mil sabiendo que al día siguiente madrugo. No es nada del otro mundo, pero me pasa más de lo que me gustaría.
Sobre el arrepentimiento, a veces me da más rabia no haber hecho algo por controlarme demasiado que las veces que sí lo hice. Al final, de los fallos salen mejores historias que de ser perfecto siempre. Además, está claro que es mucho más difícil no caer cuando nadie te ve. Cuando hay gente delante te cortas por el qué dirán, pero a solas ese freno desaparece y eres tú contra tus ganas. Ahí es donde se ve de qué estás hecho de verdad.
También creo que las tentaciones cambian con la edad. A los veinte igual te pierde el salir de fiesta y el riesgo, y más adelante igual la tentación es simplemente la comodidad o mandar todo a paseo y empezar de cero. Al final, no creo que resistir nos haga mejores personas por arte de magia, pero sí nos hace tener más control sobre nuestra vida. Saber decir que no a algo que te apetece pero que no te conviene te da un punto de madurez importante. Ser buena gente no es no tener tentaciones, es saber cuáles valen la pena y cuáles no.
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