Si me pasara a mí, no aceptaría el dinero sin antes reflexionar profundamente. La historia no me pertenece; me la contó alguien que confiaba en mí en un momento de dolor enorme. Aunque yo no haya escrito el guion ni inventado nada, beneficiarme de eso me haría sentir que he traicionado esa confianza. No es solo una cuestión de moral, sino de cómo quiero vivir con mis decisiones y con la responsabilidad sobre lo que comparto.
Además, se lo contaría a mi amiga. Sé que podría dolerle y que tal vez se enfadaría, pero ocultárselo sería seguir decidiendo por ella sobre algo que le pertenece. Lo correcto sería explicarle lo que pasó, cómo la historia terminó en manos de otra persona y que yo no tengo control sobre lo que hizo, pero que antes de tomar cualquier decisión quería que ella lo supiera. Darle la oportunidad de opinar le devuelve la agencia sobre su propia vida y su dolor.
Si ella decidiera que no quiere que se use la historia ni que nadie gane dinero con ella, yo renunciaría a cualquier beneficio. Y si, por el contrario, me dijera que le parece bien o incluso que quiere parte del dinero, entonces aceptar algo sería una forma de reparar y no de aprovecharme. Creo que en la vida hay situaciones en las que el dinero pierde peso frente a la lealtad y la conciencia. A veces, lo más difícil y doloroso es también lo correcto.
En resumen, para mí lo importante sería no traicionar la confianza de quien me confió algo tan íntimo y asegurarme de actuar con transparencia, aunque eso implique renunciar a algo tentador como un millón de euros. La tranquilidad de conciencia vale mucho más.
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