Hola ama,
Si te llega esta carta, ya estaré muerto. No quiero que estas palabras te traigan más lágrimas de las que sé que ya has derramado, sino que te sirvan de consuelo cuando el silencio se haga grande en casa.
Me han comunicado que al alba todo habrá terminado. Te escribo sentado en el suelo, con la luz de una vela que se apaga, pero con el pensamiento puesto en ti, en el olor a pan de nuestra cocina y en las tardes de verano en la puerta de la calle.
Quiero pedirte un favor: no guardes odio. El odio es una carga demasiado pesada para un corazón tan bueno como el tuyo. Muero con la conciencia tranquila, sabiendo que no hice mal a nadie y que solo soñé con un mundo un poco más justo. Si alguien te pregunta por mí, diles que fui un hombre honrado.
Cuida de mi hermano. Dile que estudie, que trabaje y que viva por mí todo lo que a mí no me dejaron vivir. Que no olvide mi nombre, pero que no lo lleve con tristeza.
Ama, me vienen a buscar. Siento el frío de la mañana, pero el calor de tu recuerdo me abriga. No llores al pensar en mi cuerpo, piensa que ahora soy parte del aire de nuestro pueblo, de la tierra que tanto trabajamos y de la libertad que siempre buscamos.
Te quiero más que a mi propia vida. Hasta siempre, ama.
Tu hijo.
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