Madre, si te llega esta carta, ya estaré muerto. Es difícil aceptar estas duras palabras mientras aún respiro débilmente en este tan cargado ambiente. Ahora mismo estoy en una escuela reconvertida en un cuartel. No sé cómo explicar lo que siento, porque el miedo y la tristeza se mezclan con una calma extraña, como si el corazón se rindiera poco a poco. Solo quiero que sepas que aunque estés lejos de mí en estos momentos yo te siento más cerca que nunca y no solo por el hecho de que lleve una foto tuya conmigo sino porque no paro de pensar en lo que dejos atrás.
Ahora mismo solo me vienen a la cabeza todos los recuerdos de la tan buena infancia que me diste. Tu dulce voz que me cantaba todas las noches para que durmiera, o tus deliciosas comidas las cuales nunca voy a ser capaz de borrar de mi memoria. He visto demasiadas cosas en estos meses, madre. He visto hermanos enfrentados por ideas que no siempre comprendían, pueblos divididos por colores y palabras como “rojos” o “nacionales”, como si eso bastara para resumir una vida entera. Nos hablan de Franco, de la República, de la patria o de la libertad, pero nadie habla del miedo ni de las madres que esperan en casa a que sus hijos y maridos regresen de la guerra. . Yo solo soy un nombre más en una infinita lista, la voz de joven en medio del ruido.
Aún recuerdo cuando nos estaban alistando y lo único que nos repetían es que esta guerra era necesaria, que España sería mejor después de esto y lo solo estoy esperando un final que no voy a ver. Pienso en los amigos que no están, en los que cayeron en la batalla del Ebro e incluso los que se fueron al exilio por temor de la muerte. Cuando leas esta carta dile al mundo que antes de ser soldado fui un ser humano, y que en medio de tanta violencia, lo único que quise fue volver a casa.
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