Me quedo, de lejos, con la gente. Los momentos de risas en el recreo, las risas en clase y el apoyo que nos hemos dado cuando alguno estaba hundido por un examen. Al final, los amigos son lo que ha hecho que valga la pena venir cada mañana.
Si pudiera borrar algo, serían los nervios de antes de las entregas y los agobios innecesarios por asignaturas que ni nos van ni nos vienen. También esos piques tontos que tuvimos en su día y que ahora, vistos con tiempo, nos parecen una pérdida de tiempo total.
La conclusión que saco es que hemos aprendido a sobrevivir. El colegio ha sido un entrenamiento: entre estudiar, los trabajos y aguantar la presión, nos hemos hecho más fuertes. Salimos de aquí con ganas de empezar algo nuevo y, sobre todo, de dejar de ser "los pequeños" para empezar nuestra propia historia.
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