El fin de una etapa
Mirando hacia atrás, es rarísimo pensar que en nada ya no volveremos a cruzar esa puerta cada mañana. Si me tengo que quedar con algo, sin duda es con la gente. Me llevo amigos que son como hermanos y mil anécdotas en los pasillos que, al final, son las que te salvan el día cuando estás agobiado. Aunque han sido unos años bastante complicados, entre la presión de las notas, el estrés de la Selectividad y el cansancio acumulado, creo que todo eso nos ha hecho madurar de golpe.
Si pudiera borrar algo, quizás serían esos nervios constantes antes de los exámenes finales o los días en los que parecía que no llegábamos a todo, pero supongo que eso también forma parte de la experiencia. Al final, me quedo con lo bueno: las risas en los recreos, el apoyo de los profes que de verdad se han volcado con nosotros y la sensación de que, a pesar de los malos ratos, hemos crecido un montón.
Mi conclusión principal es que el colegio no ha sido solo estudiar; ha sido aprender a sobrevivir a los baches y a valorar los pequeños momentos. Me voy con un poco de pena, pero también con muchas ganas de ver qué viene ahora. Ha sido intenso, pero ha valido la pena.
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