sábado, 14 de febrero de 2026

tentaciones

Caer en las tentaciones considero que es algo habitual, sobre todo en nuestras generaciones. ¿Soy débil? Claro que sí, como todo el mundo. A mí me ha podido el típico “me quedo cinco minutos más con el móvil y me pongo a estudiar  ”, o contestar whatsapp borde cuando estoy de mal humor y sé que debería dejar el móvil boca abajo. También me ha ganado alguna mentirita pequeña para no dar explicaciones largas, de esas que luego te queman un poco por dentro cuando te acuerdas.

¿De qué me arrepiento? De haberme pasado horas seguidas con el móvil simplemente por pereza y haber malgastado horas de estudio o de pasar un rato con mi familia dando un paseo por la calle. Me arrepiento de las horas perdidas que en el momento nadie se da cuenta de que las estás perdiendo pero a la larga es cuando te vas dando cuenta.

Cuando nadie te ve es cuando la cosa se pone fea de verdad. Sin mirada ajena no hay vergüenza inmediata, no hay “qué van a pensar”. Es solo tú y el impulso, y el impulso casi siempre habla más alto. Por eso en casa uno se come el helado a cucharadas del bote a las tres de la mañana, pero en una cena familiar se corta con dignidad.

Con la edad cambian los sabores de la tentación. De joven todo es urgencia y luego empiezan a aparecer otras más lentas y venenosas: el “me lo merezco” cuando compras cosas que no necesitas, quedarte callado cuando deberías defender a alguien, o simplemente dejar de intentarlo porque “ya da igual”.

¿Resistir te hace mejor persona? No siempre. Si resistes solo por miedo al castigo o para que te vean de santo, no has cambiado nada por dentro. Pero si resistes porque de verdad te importa ser coherente contigo mismo, aunque estés solo en la cocina a las dos de la mañana mirando el tarro de Nutella o mirando el móvil cuando sabes que tienes que estudiar… ahí sí, algo se está construyendo. No es heroico, es simplemente adulto.

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