La tentación forma parte de la vida de todas las personas. Yo no me considero débil ante la tentación, pero tampoco perfecto. A veces me puede la pereza, como quedarme más tiempo en la cama o dejar una tarea para mañana. Son tentaciones pequeñas, del día a día. No me arrepiento gravemente de nada, aunque sí he pensado en ocasiones que podría haber aprovechado mejor mi tiempo. De esos momentos intento aprender.
Creo que es más difícil resistir una tentación cuando nadie nos observa. Cuando estamos solos, no sentimos la presión social ni el miedo al juicio de los demás. Actuamos solo según nuestra conciencia. Por eso, resistir en esos momentos demuestra un autocontrol más fuerte y sincero. Hacemos lo correcto no por quedar bien, sino por convicción.
También pienso que la edad y el momento vital influyen mucho en las tentaciones. Por ejemplo, en la infancia las tentaciones suelen ser simples, como no hacer los deberes o no obedecer. En la adolescencia aparecen otras más relacionadas con la aceptación social o la rebeldía. En la adultez, las tentaciones pueden tener consecuencias más importantes, como descuidar responsabilidades o tomar decisiones impulsivas.
Resistir una tentación no nos convierte automáticamente en mejores personas, pero sí nos ayuda a crecer. Nos fortalece, mejora nuestra disciplina y nos da satisfacción personal. Aun así, caer alguna vez también es humano y nos recuerda que estamos aprendiendo constantemente.
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