No todas las tentaciones tienen que ver con hacer algo malo. Algunas consisten, simplemente, en no hacer lo que sabemos que deberíamos. En mi caso, la tentación más fuerte es la procrastinación.
Es tan fácil postergar una tarea difícil y cambiarla por algo inmediato y agradable: mirar el celular o ver un video. Cualquier excusa sirve cuando se quiere posponer alguna actividad. Más de una vez dejé trabajos importantes para el último día, y al llegar ese día estoy bajo demasiada presión, cuando podía habérmela ahorrado si lo hacía antes, y me arrepiento de ese estrés innecesario, de la ansiedad que yo misma generé por no empezar antes.
Cuando nadie nos ve, es más fácil dejarnos llevar. No hay nadie que nos apure ni que nos reclame, así es más fácil caer en la tentación. Si nadie nos controla, es mucho más fácil elegir la opción más cómoda y posponerlo.
Además, cuando somos más jóvenes, vivimos más en el presente. El futuro parece lejano y poco urgente. Pero entendemos que puede haber consecuencias. También influyen las etapas: en momentos de estrés o inseguridad, procrastinar puede ser una forma de escapar. No siempre es pereza, a veces es miedo o agotamiento.
Resistir a las tentaciones no nos vuelve perfectos, pero sí más conscientes. Cada vez que elegimos empezar aunque no tengamos ganas, estamos entrenando algo más profundo que la productividad. Resistir la procrastinación no es solo hacer una tarea, es cumplirnos la palabra a nosotros mismos.
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