Es un tema bastante complejo porque creo que las dos posturas tienen su parte de razón. Por un lado, me parece genial que futbolistas como Mbappé se mojen y den su opinión sobre lo que pasa en su país. Al final, no dejan de ser ciudadanos normales que viven en el mismo mundo que nosotros y les afectan las mismas cosas. Si tienen un altavoz que llega a millones de personas, ¿por qué no lo van a usar para defender valores o animar a los jóvenes a que vayan a votar? A veces los idealizamos tanto que olvidamos que tienen derecho a opinar como cualquiera, y que se involucren ayuda a que mucha gente que pasa de la política se dé cuenta de que su voto también cuenta.
Pero, por otro lado, entiendo perfectamente lo que dice Unai Simón sobre la responsabilidad. No es lo mismo dar tu opinión en el bar con colegas que soltar algo que van a escuchar millones de chavales que te ven como a un superhéroe. Existe el riesgo de que la gente te siga a ciegas solo por ser su ídolo, sin pararse a pensar por sí mismos, y eso puede crear fanatismos o líos innecesarios. Está claro que sus palabras tienen un impacto enorme y hay que tener cuidado con eso.
En conclusión, para mí la clave es el equilibrio. Me parece perfecto que los deportistas salgan de su burbuja y tengan compromiso social, pero tienen que hacerlo con cabeza y respeto. No se trata de que se queden mudos, sino de que sean conscientes del peso que tienen sus palabras. Lo ideal sería que lo que dicen nos sirva para hacernos preguntas y despertar nuestro propio pensamiento crítico, en vez de que simplemente pensemos igual que ellos solo porque juegan bien al fútbol.
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